Toxicidad y refugios virtuales

La rápida expansión de la tecnología ha permitido globalizar nuestras vidas. Conocer personas de otras ciudades, países e incluso continentes, ya no es una fantasía o un lujo difícil de conseguir, sino que se ha vuelto parte de la normalidad. Junto a ello, se ha vuelto cotidiano el interactuar con desconocidos en espacios virtuales que pueden permitir generar pequeñas o grandes comunidades, que pueden llegar a sentirse incluso más próximas que las físicas (De la Fuente, 2012). Sin duda alguna, el sentido de pertenencia es un factor que se hará presente al igual que en la “vida real”, y se verá constantemente enfrentado a la toxicidad amparada por el anonimato online.

El ser humano es, en esencia, un ser social. Ya lo decía Aristóteles por el 340 a.C., y sin duda alguna tenía razón. Por mucho que haya casos particulares de personas que disfruten de su soledad y que puedan pasar largos períodos sin contacto, el ser humano en su conjunto necesita de un otro para funcionar. Desde las grandes urbes hasta pequeños poblados, o incluso civilizaciones nativas, necesitan algún nivel de contacto social; hoy en día, no solo podemos, sino que debemos incluir las comunidades virtuales, como micro sociedades con sus propias reglas, lineamientos, y en general, cultura. El desarrollo de estas últimas se ve fuertemente enraizado a las necesidades y fantasías de quienes participan de las interacciones virtuales, desde lo que se entiende como Imaginario de Internet o de las Tecnologías de Comunicación Masiva Online (CMO). Este constructo nos permite entender que, al igual que en las sociedades clásicas, las comunidades virtuales se constituyen a través de símbolos y significados convenidos entre todos sus miembros. (Vayreda i Duran, 2004).

Al igual que en cualquier sociedad o comunidad, las personas se comportan en torno a una serie de reglas (sean estas tangibles o implícitas) que buscan asegurar el orden y la protección hacia sus miembros. Sin embargo, siempre existirán aquellos miembros que buscarán las formas de sobrepasar dichos límites, en busca de una aparente satisfacción de necesidades personales (que suele ser, principalmente, la liberación de altos montos de tensión acumulada por diferentes razones), y que suele tener relación con el reproducir conductas vividas y reforzadas (Redondo & Pueyo, 2007; McFarley, Carrillo & Gutiérrez, 2004).

La existencia de las comunidades virtuales permite la búsqueda de un espacio personal, una especie de refugio frente a las dificultades del medio más próximo. En palabras simples, nos permite escapar de los problemas de la vida cotidiana, a través del hacernos parte de un grupo intangible, pero emocionalmente igual de válido que nuestros amigos y familiares. Nos sentimos integrados, sea un grupo de conversación, un videojuego online, o una red social en particular. Se presenta como un recurso o herramienta sumamente útil para enfrentar (o escapar y soportar) situaciones que dañan nuestra salud mental. Básicamente, un escudo frente a la realidad… ¿Entonces qué pasa cuando dicho espacio seguro se ve invadido por personas que no respetan los límites y acosan?

El acoso, en cualquiera de sus variantes, tiene efectos en la salud mental de una persona, pues pone a prueba sus recursos. Sin embargo no todos tienen suficientes habilidades emocionales como para hacer frente a un ataque directo, y por lo tanto, muchas veces un insulto, un comentario o incluso una palabra puede gatillar cuadros de ansiedad o depresión en una persona. Junto a eso, como se mencionó antes, quienes acceden a las comunidades virtuales generalmente buscan protegerse de las ya estresantes condiciones del medio en el que viven. En este sentido el ciberacoso no solo puede dañar a la persona de forma directa, sino que también genera que su “refugio virtual” ya no sea un lugar seguro, quitándole a esta persona toda posibilidad de esconderse o protegerse, y dejándola en una situación absolutamente desvalida.

Podemos entender que el Ciberacoso representa un peligro doble, que no solo daña a la persona, sino también a aquello que pueda considerar su refugio virtual. Esta situación puede fácilmente desencadenar cuadros graves, e incluso llevar a una persona al suicidio. No sabemos quién está al otro lado de la pantalla, ni qué está pasando en su vida. Siempre se amable.

Por: Ps. Melissa “Blossom” Maldonado

Fuentes:

- De la Fuente, R. (2012). Impactos de la globalización en la salud mental. Gaceta Médica de México, 148, 586-590.

- Mcfarley, K., Carrillo, S., Gutiérrez, G . (2004). Evaluación psicológica de delincuentes y testimonio ante la corte. Recuperado de: http://www.humanas.unal.edu.co/psicometria/files/2214/0241/5666/EVALUACION_PSICOLOGICA_DE_DELINCUENTES_Y_TESTIMONIO_ANTE_LA_CORTE.pdf

- Redondo, S., Pueyo, A. (2007). La psicología de la delincuencia. Papeles del Psicólogo, 28(3), 147-156.

- Vayreda i Duran, A. (2004). Las promesas del imaginario Internet: las comunidades virtuales. Athenea Digital: Revista de Pensamiento e Investigacion Social, 5, 57-78.

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