Agresividad sin violencia

Cuando participas en la escena competitiva debes utilizar diferentes recursos mentales y emocionales. La agresividad es uno de los esenciales, pero no la confundamos con violencia.

Si bien se puede entender la agresividad como un conducta que tiene por fin dañar a un otro, en la actividad deportiva se presenta como una respuesta humana instrumental que nos permite enfocar todas nuestras capacidades hacia un objetivo y tomar iniciativa en situaciones de gran presión (INEF, 2016). Desde las investigaciones de Van Sommers (1976) y la definición de Paul Ekman (1970), podemos entender que existe una respuesta hormonal frente a un evento “amenazante”, que nos exige decidir si luchar o huir. Esta decisión es un elemento fundamental frente a una competencia: luchar implica dar todo de tí para lograr la victoria, mientras que huír significa jugar de manera más torpe o desganada, incluso llegando al terrible “afk”.

Aprender a modular y utilizar nuestra agresividad es esencial, entonces, para someternos a la actividad del esport, pues podríamos incluso considerarlo como un deporte de alto rendimiento, pues los entrenamiento varían de 2 a 6 horas diarias, de 5 a 7 días por semana (Ruiz, Sánchez, Durán y Jiménez, 2006). Claramente no es sencillo, pues la inteligencia emocional ha sido uno de los elementos más despreciados por los sistemas educativos latinoamericanos. El estrés de la vida diaria nos interfiere, y al carecer de recursos o herramientas para su modulación, termina por transformar nuestra agresividad deportiva en violencia. Podemos ver los clásicos ejemplos, desde insultos en chat y audio, hasta violencia física, destrozando periféricos, pantallas e incluso dañando a otras personas.

Dado que la agresividad es un derivado de la ira, y esta última es una emoción básica humana, es importante entender su funcionamiento. En palabras simples, los momentos de estrés o presión, como la actividad competitiva, solicitan que nuestro cuerpo comience a generar mayores cantidades de cortisol en el cuerpo y adrenalina en nuestro sistema nervioso. Este cambio sistémico aumenta la velocidad del flujo de nuestra sangre hacia los puntos esenciales (cerebro y extremidades), lo que exige el aumento del ritmo respiratorio.

Con esto ultimo en cuenta, se nos facilita encontrar respuestas saludables para modular el estado agresivo o de ira. Si logramos modificar alguno de los componentes del circuito de ira, podremos manejarlo, de tal forma que se transforme en una herramienta útil en vez de un riesgo. No podemos modificar nuestros niveles hormonales o de neurotransmisores, no podemos modificar la velocidad del flujo sanguíneo, pero sí podemos regular el ritmo respiratorio; Modificar la respiración implica que el cerebro cuenta con menos oxígeno, lo que impide o limita la velocidad de pensamiento, requiriendo menos flujo sanguíneo y, por tanto, menos niveles hormonales. De esta forma logramos devolver nuestro cuerpo a un estado de agresividad o ira lo suficientemente sano para funcionar sin explotar en conductas destructivas o tóxicas.

¿Cómo lograrlo? Existen diferentes técnicas de respiración, y a cada persona le puede acomodar una diferente. Se recomienda la práctica de estas con algun profesional para definir una adecuada para cada jugador, pero puedes comenzar a explorar algunas por tu cuenta. Recuerda: Juegas con tu mente, mantenla sana.

Ps. Melissa (Blossom) Maldonado

Fuentes:

Ekman, P., Friesen, W., Ellsworth, P. (1970). Emotion in the Human Face. USA: Pergamon Press Ink.

INEF (2016). Psicología del deporte. España: Universidad Politécnica de Madrid.

Ruiz, L.M., Sánchez, M., Durán, J.P. y Jiménez, C. (2006) Los expertos en el deporte: Su estudio y análisis desde una perspectiva psicológica. Anales de Psicología, 22 (1), 132-142.

Van Sommers, P. (1976). Biología de la conducta. México: Limusa.

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